
Por Beatriz Pujante, presidenta de la Sección de Emergencias del COPC.
Las catástrofes, ya sean naturales o provocadas por el ser humano, exponen con crudeza nuestra vulnerabilidad. La vida cotidiana se quiebra y deja al descubierto nuestra fragilidad individual y las fallas estructurales de nuestras sociedades, no solo en términos materiales, sino también psicológicos. En estos contextos, la psicología de emergencias es una herramienta imprescindible para una recuperación integral, que con frecuencia se relega a un segundo plano.
El análisis de la dimensión psicológica de una catástrofe nos enseña que la respuesta colectiva va más allá del miedo y de la tristeza.
«Los desastres suponen una pérdida radical de seguridad ontológica, ese marco de referencia que nos permite sentir el mundo como algo estable y predecible»
La percepción de desesperanza ante las pérdidas de seres queridos, de bienes, de estabilidad o del control de la propia vida pueden traer una gran sensación de vacío y la dificultad de poder imaginar un futuro reparado.
Otras pueden ser las respuestas, como una gran culpabilidad, para quienes se comparan y sienten que no han perdido tanto, o que han sobrevivido. También, a nivel individual y colectivo, puede surgir una ira dirigida a las instituciones o figuras públicas percibidas como responsables al haber dado una respuesta insuficiente o ineficaz ante la catástrofe.

Esa dimensión grupal no debe ser subestimada. El trauma colectivo deja dañada la estructura social y afecta a los vínculos que sustentan la vida comunitaria, pudiéndose acomodar en la memoria generacional. Estos efectos se dan tanto en la población afectada, como en comunidades cercanas y en profesionales y voluntarios/as que intervienen y acompañan durante toda la emergencia. La psicología de emergencias también tiene lugar aquí, asesorando y asegurando que se lleven a cabo las medidas necesarias de reparación psicológica, tanto a corto como a largo plazo.
A largo plazo, y durante lo que entendemos como postemergencia, aunque las noticias pierdan fuerza en la cobertura de la tragedia, el impacto desaparece, pudiendo durar años. Cuando una catástrofe ocurre, no sabemos hasta dónde van a alcanzar sus consecuencias, pero sí tenemos conocimiento de qué suele suceder y cuáles pueden ser las necesidades de la población.
«El posicionamiento de la psicología de las emergencias debe ser proactivo y no únicamente reactivo»
En la postemergencia, tratar el evento traumático ya no es urgente, las amenazas directas han disminuido o finalizado y tiene sentido buscar la normalidad. En momentos en los que se reflexiona públicamente sobre lo ocurrido, se busca justicia y reparación, también es necesario que estemos presentes para la población en la reconstrucción y readaptación de sus vidas y de una nueva narrativa sobre lo que han vivido.
Otra cuestión a tener en cuenta es que las crisis amplifican las desigualdades estructurales preexistentes, y ello también implica consecuencias psicológicas diferenciadas. Los colectivos más vulnerables suelen ser los más afectados. La mayor dificultad para acceder a recursos de cualquier tipo y la mayor exposición a riesgos configura una combinación grave que se debe tener en cuenta en las acciones llevadas a cabo. Por ello, la psicología de emergencias debe tener una mirada interseccional que reduzca las desigualdades y permita abordar las necesidades específicas de esos grupos.

El trauma colectivo afecta a la identidad grupal, reforzando narrativas comunes que pueden ser usadas para definir al «nosotros» frente al “otro”. El proceso de duelo puede verse congelado, manteniendo la herida abierta como una forma de preservar su identidad o sus demandas de justicia. Además, tras una catástrofe con un consecuente trauma colectivo, la población se encuentra especialmente frágil y manipulable. Algunas organizaciones o personalidades pueden hacer un uso político del trauma, instrumentalizándolo para consolidar su poder o justificar conflictos con otros grupos.
La respuesta ante catástrofes nos muestra que la población tiene herramientas y capacidad de gestión, pero independientemente de la capacidad de resiliencia individual y colectiva debemos poner en marcha medidas de recuperación. La resiliencia y la autogestión solidaria no pueden ser una excusa para no actuar o quedarnos atrás. Los recursos y las intervenciones a cualquier nivel deben organizarse y aplicarse por especialistas en cada ámbito.
En definitiva, es importante que abandonemos la visión reduccionista que concibe la psicología de emergencias como una intervención puntual y limitada al momento de la crisis.
«La psicología de emergencias no es un lujo o un parche, es una parte esencial de la respuesta ante catástrofes y una oportunidad para reconstruir el tejido social»
Aunque la labor principal pueda ocurrir durante la crisis, la participación en la postemergencia es crucial para asegurar una transición adecuada hacia la recuperación, especialmente en comunidades donde los recursos para el seguimiento psicológico son limitados.
Las emergencias o catástrofes no producen solo un antes y un después en nuestras comunidades: también ponen a prueba la continuidad de nuestras estructuras, valores y prioridades.
Reconocer la dimensión psicológica como un elemento central en la respuesta ante desastres es a la vez un acto de justicia para las víctimas y personas afectadas, y fundamental para construir una sociedad más fuerte y humana.

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