Por Patricia Barba, psicóloga especialista en Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA), autoestima e imagen corporal, y coordinadora del Grupo de Trabajo TCA y tratamiento psicológico de la Obesidad del COPC.
La preocupación por la imagen y la insatisfacción corporal se encuentra cada vez más presente en nuestro día a día. De hecho, un reciente estudio revela que alrededor de un 85% de la población adulta española se ha sentido insatisfecha con su imagen corporal en algún momento de su vida. Esta cifra, fruto de la exposición constante a imágenes que representan el canon de belleza socialmente establecido a través de los diferentes medios de comunicación y, especialmente, del auge masivo de las redes sociales, muestra una realidad creciente:
cuerpos delgados, tonificados, rostros con pieles de terciopelo y sin imperfecciones inundan el espacio virtual y “se cuelan” día a día en nuestras vidas.
Pero, ¿qué impacto tiene la exposición constante a determinados ideales estéticos sobre nuestra propia imagen?

Las redes sociales no solo muestran cuerpos, también transmiten, de forma implícita, qué cuerpos son más valorados, más visibles o más deseables. Y el ser humano, por su naturaleza profundamente social, tiende a leer esos códigos con rapidez: qué se admira, qué se comenta, qué se comparte, qué recibe atención. A partir de ahí aparece un fenómeno muy humano: la necesidad de encajar. De pertenecer. De sentirse parte.
«La teoría de la comparación social de Festinger ya describía este mecanismo: nos evaluamos en relación con los demás»
Sin embargo, en el contexto actual, este proceso se intensifica porque la exposición es constante, visual y repetida.
Cuando vemos determinadas imágenes o patrones una y otra vez, estos tienden a internalizarse. Es decir, dejan de ser simples estímulos externos para convertirse en referencias internas sobre lo que es “normal”, “deseable” o “correcto”. Y es a partir de esas referencias internalizadas desde donde comenzamos a compararnos.

Estudios como los de Harper & Tiggermann (2018) han mostrado que una persona joven puede llegar a realizar entre 20 y 50 comparaciones corporales al día a través de redes sociales, muchas de ellas sin conciencia clara de que están ocurriendo.
Ahora bien, estas comparaciones no son neutras:
- Cuando la persona percibe que “sale ganando” en esa comparación, el cerebro activa circuitos de recompensa asociados a la dopamina.
- Cuando percibe que “sale perdiendo”, se activan respuestas de malestar y estrés, con implicación del cortisol.
De este modo, la comparación constante no solo es cognitiva, sino también emocional y fisiológica.
En paralelo, el cerebro aprende asociaciones muy rápidas entre imagen, atención y valor social. Aquello que recibe más validación tiende a registrarse como deseable, mientras que lo que no encaja con ese patrón puede vivirse como menos aceptable, incluso sin una reflexión consciente.
La evidencia científica ha mostrado que la exposición prolongada a contenidos centrados en la apariencia corporal se asocia con mayores niveles de insatisfacción corporal y alteraciones en la autoimagen. Un metanálisis de Holland y Tiggemann (2020) señala una relación significativa entre este tipo de exposición y síntomas de dismorfia corporal.
En este contexto, el espejo deja de ser un lugar neutro y se convierte en un espacio de evaluación permanente.
«El cuerpo, en lugar de ser vivido, empieza a ser analizado y juzgado»
Esta transformación psicológica tiene importantes implicaciones. La investigación muestra que una mayor exposición a ideales corporales irreales se asocia con un incremento de la insatisfacción corporal, una disminución de la autoestima y un mayor riesgo de desarrollar conductas alimentarias problemáticas, especialmente en personas vulnerables o con factores predisponentes.
Con el tiempo, esta dinámica puede influir en la relación con el cuerpo y con la comida. Cuando la mirada hacia uno/a mismo/a se vuelve excesivamente analítica y crítica, pueden aparecer conductas de ajuste: restricción alimentaria, control excesivo, ejercicio llevado al límite o recursos médicos para modificar el cuerpo con el objetivo de acercarse a ese ideal percibido.


No se trata de falta de conocimiento ni de superficialidad. Se trata de una necesidad profundamente humana: pertenecer, ser aceptado/a, sentirse dentro.
Por eso, más que demonizar las redes sociales, el reto es aprender a habitarlas de forma más consciente. Ser capaces de cuestionar lo que vemos, comprender el impacto de los filtros y la edición, diversificar los referentes corporales y fortalecer la autoestima desde dimensiones más profundas que la apariencia física. También lo es recuperar una relación más amable con el cuerpo, basada no únicamente en cómo se ve, sino en cómo se siente, en lo que nos permite vivir y experimentar.

El cuerpo no debería convertirse en un proyecto permanente de corrección ni en una fuente inagotable de exigencia. Merece ser un lugar seguro donde habitar.


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