El hueco en el bosque. ‘Hamnet’, una invitación al duelo

Reflexió i pràctica

Por Beatriz de Balanzó Angulo, psicóloga, psicoanalista y miembro del Grupo de Trabajo Duelo y pérdidas del COPC.

“Recuérdame”[1]. Lo escuchamos hace algún tiempo en la película Coco (permanecemos vivos mientras alguien nos recuerda), y lo reencontramos en el corolario del libro de Maggie O’Farrell Hamnet inspirado en Hamlet de William Shakespeare, y en su versión cinematográfica Hamnet, película dirigida por Chloé Zhao.

“Despierta, vuelve a pasarme por tu corazón”, sería ese “recuérdame” en su sentido etimológico. Mantenme presente en ti. Queremos ser ese pedacito en el otro, tal vez eso que le falta al otro, y queremos tanto amar como ser amados. Aunque amar al otro es también saber que aquello que nos falta es un hueco entre los árboles que conforma nuestro ser.

Un duelo puede generar dolor y sufrimiento, pero también, aunque no siempre, puede dar paso a una cadena de producciones o creaciones, que, a su vez, son formas que el sujeto encuentra o más bien inventa para transitarlo. En el mejor de los casos, a través de alguna de esas obras el sujeto puede hacer algo con la falta que lo habita y que queda al descubierto al perder algo o a alguien que lo significaba y formaba parte de su ser y de quien el sujeto formaba parte a su vez.  

La psicóloga Beatriz de Balanzó Angulo.

Si alguien no ha visto la película y no es amigo de los spoilers, deje de leer ahora, advierto, pues en este artículo se abrirán, no puede ser de otro modo, para referirme a ciertos pasajes, algunas rendijas por las que se verá, si no en su totalidad, parte de lo que acontece en ellos. O bien arriésguese a perder ese “no saber el final”, todo depende de su elección, y quédese.

Prosigo entonces. Describiré como tres ramas tres aspectos que nacen del árbol que preside el inicio de esta película, tomando en cuenta que dos palabras son el aire que las mece: Mírame (presencia), y Recuérdame (trascendencia, permanencia en el tiempo, lo que perdura más allá, en el corazón):

Casi en un mismo estatuto, como fuente engendradora y generadora del vínculo más primitivo, como arraigo y como desprendimiento a partes iguales (el contacto con la naturaleza como fuente de conexión con la vida y la muerte, el mundo en constante cambio). Resulta inspirador, en este punto, contemplar algo que está sucediendo actualmente, y que se está inscribiendo en nuestro mundo como un modo terapéutico[2] para tratar nuestros malestares: se trata de los baños de bosque (shinrin yoku en japonés) algo actual pero ancestral al mismo tiempo. Son experiencias inmersivas en la naturaleza en las que entrar en contacto con el medio natural nos permite también entrar en contacto con nuestro propio ser, nuestro cuerpo y nuestra psique. El contacto con la propia percepción, con la sensorialidad, con los sentidos que tan sutil como intensamente nos llegan desde la película. Para Agnes (uno de los personajes protagonistas de la película), como lo fue para su madre y lo será para sus hijos, ese contacto forma parte de su cotidianidad, en ella se encuentra y fuera de ella se siente extraña. Hay una cadena de tranmisión.

“El contacto con los ciclos naturales, con las raíces, con la tierra y sus frutos, mantiene a los sentidos en movimiento, despiertos, vivos, y a un tiempo nos devuelve un contacto con el misterio de la vida”

En la película, así como en el libro, Agnes es una mujer que conserva, de algún modo, en su ser, la permanencia de esa tierra a la que acude como fuente y como descanso, a los pies de un árbol, un hueco. Ella misma podría ser ese árbol, o tal vez la tierra que lo sostiene y acoge a partes iguales. Pero ni siquiera los árboles son inmortales, y el hueco en su base nos lo recuerda, sin negación, sin defensas, sin ataques, tampoco. Es lo que es; tal vez por ello hay un principio de realidad ya en el origen de la película que recoge lo que luego, como una llovizna de verano, irá cayendo en letras y frases del libro, recordando que todo aquello que existe puede también desaparecer.

Fuente: Universal Pictures

 A pesar de esta advertencia, el mensaje decidido de la novela y especialmente de la película (inspirada en ella, pero un mundo aparte) es un mensaje de esperanza. Cuando ya nada puede hacerse, algo se hace. Y en ello, algo se crea y crea. Esa es la obra, el acto, el renacimiento (como lo llamaron ya algunos).

Esta firme determinación a la esperanza la escuchamos en la película a través de tres citas:

  1. Frente al río, Will, después de haber muerto su hijo Hamnet, y tal vez ante la posibilidad de la propia vida (seguir viviendo, haciendo algo con lo que le sucede) o la posibilidad de la propia muerte (tirarse al rio o vivir adormecido a su dolor), enuncia las palabras que formarán parte del monólogo de Hamlet, la obra que está por llegar de su puño y letra: “Ser o no ser, esa es la cuestión, ¿Qué es más noble para el alma? ¿Soportar los golpes y flechas de la desdicha, o tomar las armas contra un mar de problemas y, enfrentándolos, acabar con ellos?”
  2. Durante la escena de representación de la obra Hamlet en la que Claudio sostiene: “El persistir en alargar el duelo es acto de impía obstinación”.
  3. Susana recita unos versos a su hermana Judith: “Nada le gana al tiempo lo que avanza, solo tener hijos la esperanza”.

En cualquier caso es una esperanza que no niega para abolir el dolor, que no idealiza para obturar la falta. Deja despejado el hueco, donde dar a luz, yacer el cuerpo, y morir también. Lo femenino como puerta hacia el misterio. La maternidad como puerta que la vida atraviesa. Grito y silencio, se producen para Agnes en el alumbramiento (la vida) y en el final o la pérdida (la muerte).

Fuente: Universal Pictures.

La naturaleza, el bosque, formarán también parte del teatro final, allí donde Agnes se reencuentra consigo misma y con su hijo, muerto (vivo en el teatro), y, a través de su creación, con su marido, Will.

El arte como un modo de transitar el duelo, o la creación como un modo de ir más allá del duelo, no sin él. Llevar la energía pulsional que se transformaría e incluso podría llegarse a fijar en síntomas como tristeza, rabia, furia, enfado, a lugares de simbolización, de representación (aun cuando se trata de lo que no se puede llegar simbolizar ni representar completamente). Pintar, disponerse a que sea escrita por propias manos una obra de teatro, una composición musical… Ir, con estos síntomas, un paso más allá del puro sufrimiento del cuerpo y el alma, para depositar algo de ellos en una obra que los albergará más allá también del propio sujeto y que podrá llegar a otros (como dice Boris Cyrulnik “el artista, el actor como portavoz”[4]) y así ayudarlos con su porpia tristeza y soledad, a través de la resonancia y de cierta identificación: algo de lo que me pasa está ahí, escrito, descrito, encarnado por esos personajes que gritan, lloran, se conmueven, renacen… La psicoanalista Susana Bercovich ya escribió en su texto Hamlet, la escena sobre la escena, “En las artes queda plasmada nuestra existencia[5] (…) “Hamlet es la pregunta por la existencia”[6] .

Y la representación no será ya una pura repetición, sino un acontecimiento.

“Se ha cambiado por él”, dirá Agnes

Quién es quién, dónde está, me cambiaré por ti… es o que os ofrece el teatro, el arte, los actores, los artistas.

Bendito teatro.

Y es que, si bien encontramos previamente, y posterior a la muerte de Hamnet, un ritual, una ceremonia funeraria que, como recoge Byun-Chul Han en su ensayo La desaparición de los rituales, citando a Roland Bartres “se aplica como un barniz sobre la piel, protegiéndola y aislándola así de las atroces quemaduras del duelo que causa la muerte de un ser amado[7], esa protección no alcanza por sí sola para regenerar la piel. Es a través de la obra, de la escena viva del arte, donde los sujetos en duelo: Agnes, Will, y también nosotros, identificados con su dolor, podemos llegar a otro lugar, a otro modo, a otra carne y a otra piel. A una cierta subjetivación de la pérdida.

Así reza un cartel en la película [8], a la entrada del espacio donde se va a representar Hamlet. Consiguen la obra de Shakespeare, la novela de Maggie O’Farrell, y la película de Chloé Zhao, que el público participemos, nos unamos, formemos parte de la escena. En la escena teatral, se nos convoca, a través de las manos y los brazos que se estiran para alcanzar, para acompañar, para salvar (quizá aquello insalvable, pero no por ello falto de amor) en una escena que quiere tocar y toca, con las puntas de los dedos, el misterio de la muerte, de lo que marca la presencia y la ausencia del ser, y que, todavía candente en nuestras manos, condujo a un resuelto aplauso que suena en la sala de cine, como en un buen acto final. Es un bravo, pero también un gracias: Y es que, Señores, asistimos a una muerte, un duelo, y un reconocimiento del dolor que ello causa a través de una interpretación teatral (la escena nos interpreta) y de una participación en ella, encarnando, junto a los espectadores del interior de la pantalla, reparación y acompañamiento.

“Inesperado final, todo un acontecimiento en el que llorar y respirar de nuevo”

La obra de Will nos ayuda, sin saberlo a priori, sin intención previa, más bien se trata de un encuentro, a reparar algo, a acompañar, a asumir, a despedirnos con el confortable calor de la sonrisa entre una madre y un hijo que, hasta ese momento, no habían podido decirse adiós, o no así…

La obra de Maggie O’Farrell crea esa escena. La obra de Clohé Zaho le pone imagen y la encarna en los actores, que nos interpretan.

El psicoanalista y escritor británico Darian Leader nos dice en su ensayo acerca del duelo La moda negra. Duelo, melancolía y depresión: “El poeta nos dice que la Naturaleza está en duelo con la persona en duelo. Este comentario ofrece el vínculo crucial que buscamos entre lo personal y lo social. Sugiere que nuestro propio acceso al duelo puede ser ayudado si percibimos que otras personas están en duelo con nosotros. Este punto en apariencia simple abre una inmensidad de preguntas y nuevas perspectivas sobre el proceso de duelo”. Y sigue “La manifestación pública del dolor permite a cada individuo tener acceso a sus propias pérdidas”[9].  

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Y al final… lo inexplicable, aquello que no puede significarse por completo. Un duelo agujerea, nos agujerea, o más bien, en realidad, deja al descubierto nuestra falta, esa que ya teníamos antes de perder lo perdido, pero que velábamos con el velo del amor, cortina que nos hace más soportable esa falta y que, sin ocultarla, la hace parecer fecunda.

Escena final del teatro: con el corazón abierto, el propio Hamlet interactúa con la reacción de Agnes y del público, orgánicamente, acerca sus brazos, como si de las ramas de un árbol se tratara, y toca  ya en el aire a aquellos que formamos parte de la escena: ¿qué es dentro, qué es fuera? Y por fin, desde ese acto que no es pura repetición, sino que recrea y reorganiza, puede advenir otro tiempo del duelo; uno en el que la despedida con una sonrisa no niega la falta, y apuesta por una vivencia de ésta llevadera y transitable, y que, como Hamnet traspasa la puerta hacia el misterioso hueco entre los árboles, un hueco en el bosque. Ese que nos espera a todos, al principio y al fin, y que nos atraviesa de un modo perceptible, aunque no completamente explicable.


[1] O’Farrell, M.(2021) Hamnet. Libros del Asteroide. Barcelona. p. 340.

[2] Cito aquí, a modo de ejemplo el reciente proyecto “NAT-Can Rull: impacto de los baños de bosque en el bienestar emocional de personas con sintomatología subclínica de ansiedad y depresión“, que ha recibido el premio Avedis Donabedian a la Calidad Asistencial en Atención Primaria.

[3] O’Farrell, M. op. cit p. 187

[4] Aprendemos Juntos BBVA Entrevista a Boris Cyrulnik  Resiliencia: el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional (dic. 2018). Min. 26

[5] Bercovich, S. Hamlet, la escena sobre la escena en VVAA. Psicoanálisis y Teatro . El sueño que no cesa. (pp. 73-87) (2006) Pomaire, colección Mundo Psicoanalíco. Venezuela. P. 75

[6] Ibid. P. 76

[7] Han, B.(2020) La desaparición de los rituales. Herder. Barcelona. P. 27

[8] Hace referencia a Theatrum mundi, que aparece en la comedia “Como gustéis” de William Shakespeare

[9] LEADER, D. La moda negra. Duelo, melancolía y depresión. (2014) Sexto Piso. Madrid. P. 72

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