Joan Guàrdia casi no necesita presentación. Es una figura de sobras conocida en el ámbito catalán y aun en el español, por la relevancia de su cargo como rector de la Universidad de Barcelona (UB), tercera universidad en cuanto a comunidad universitaria, detrás de la UNED y la Universidad de Sevilla, y de las primeras en todos los ránquines internacionales del espacio iberoamericano. Catedrático del área de metodologia de las ciencias del comportamiento en la Facultad de Psicologia de la UB, Guàrdia es el segundo rector que esta facultad aporta a la misma UB, tras el recordado Dr. Antonio Caparrós, del que el actual rector se siente parcialmente heredero tras tortuosos caminos habituales de la lógica universitaria.
Inauguramos este Café Social, la nueva sección de la Psiara, con una charla entre Joan Guàrdia, el presidente del Consejo Social del COPC, Joaquim Serrabona, y su vicepresidente, Adolfo Jarne.
Adolfo Jarne: Cuando se habla de las ciencias y su traslación a sus equivalentes disciplinas profesionales, se utiliza el concepto de brecha para hacer referencia a la distancia que hay entre las investigaciones en esas ciencias y su aplicación en la disciplina o, al revés, a la falta de aplicación de evidencias científicas en su práctica. Siempre que se habla de la brecha, se menciona la psicología como el ejemplo más sangrante, casi se ha convertido en un estereotipo, en el gran ejemplo de la disciplina, ¿no? La parte académica y de investigación va por un lado, y la aplicada por otro. ¿Qué piensas sobre esto?
Joan Guàrdia: Bueno, esta es una de esas cuestiones que llevamos tantos años discutiendo y que, como decía Bertrand Russell, si la humanidad ha estado tanto tiempo debatiendo un tema sin resolverlo, probablemente es que lleva años equivocada. Pero vayamos a lo básico: la brecha existe. Eso es evidente. Desde el ámbito científico muchas veces se intenta minimizar esa distancia entre la ciencia y el conocimiento aplicado, pero la realidad es que está ahí. Y no solo afecta a la psicología, sino que es algo que va a impactar en muchas disciplinas científicas, tal como está evolucionando el mundo y las prioridades, especialmente en Europa.
La segunda cuestión es que hemos observado que, en el caso de la psicología, esa brecha se ha podido haber acrecentado enormemente desde la pandemia, probablemente por la presión y la urgencia que la sociedad ha colocado sobre la psicología para hacerse cargo de problemas concretos, especialmente el llamado bienestar. El impacto de la pandemia ha sido realmente demoledor. Por un lado, ha implicado cambios en los sistemas de trabajo y en las cargas laborales que todavía no hemos sabido digerir bien. Y, por otro, ha tenido dos efectos bastante perversos. Uno de ellos es que en la universidad se ha banalizado mucho más todo.
A.J.: ¿Lo has dicho? Se ha banalizado. Se ha empobrecido.
J.G.: Sí, exactamente, se ha empobrecido.
Joaquín Serrabona: ¿Crees que es a raíz de la pandemia cuando esto se hace más evidente?
J.G.: Sin duda. Todos esperábamos que la pandemia tuviera un efecto aglutinador en términos de cohesión social, pero ha ocurrido justo lo contrario. Se ha generado una sensación de individualismo, de falta de compromiso público y colectivo, que nos lleva a soluciones individuales en lugar de sociales. En el caso de la psicología, esto ha tenido un impacto muy claro: se ha banalizado el nivel de esfuerzo, de exigencia y de disciplina. Y eso se traduce directamente en los planes de estudio y en la formación. Y no es algo que pase solo aquí en Barcelona, ocurre en todo el estado y en buena parte de Europa.
“Hemos banalizado el nivel de esfuerzo, de exigencia y de disciplina y, como consecuencia, estamos generando perfiles profesionales de egreso bastante pobres”
J.S.: Entonces, ¿estamos diciendo que las promociones que están saliendo tienen un déficit? Porque es un tema que me interesa mucho. Hablando con la presidenta de la Sección de Psicología Clínica, de la Salud y Psicoterapia del COPC, comentábamos precisamente que los perfiles que están saliendo, y lo veo también en colegas jóvenes, presentan cierta prepotencia profesional… desde la ignorancia, y eso preocupa. Antes, quizá, los psicólogos de otras generaciones teníamos más dudas. Cuando venía un paciente, había más interpretación, más elaboración. Ahora parece que todo está protocolizado, muy marcado, como si fueran recetas fáciles. Y eso, aunque puede ayudar en algunos casos, también puede ser peligroso. De hecho, lo hemos hablado muchas veces con Adolfo: la psicología parece estar viviendo un momento dulce desde la pandemia, un boom, pero la falta de preparación y su consecuencia, la falta de respuestas ante las peticiones de la sociedad puede acabar “pinchando” el boom de la psicología desde dentro. Ese sería el gran peligro. ¿Existe realmente ese riesgo?

J.G.: Sí, claro que existe. Estamos en un momento de boom, especialmente desde la pandemia, donde parece que se nos pide resolver el bienestar emocional de toda la sociedad. Pero esto tiene una contraparte importante. Y aquí hago un paréntesis: este señor [señala a Adolfo] y yo llevamos muchas horas de clase dadas en nuestra vida.
J.S.: Bueno, yo me sumo a esta idea, aunque en otra universidad diferente a la vuestra.
J.G.: Sí, sí, ya te tengo localizado. Nadie es perfecto. [Risas]. Pero todos sabemos que siempre ha habido alumnos brillantes y alumnos flojos. Eso no ha cambiado. Lo que sí ha cambiado, en mi opinión, es el rigor con el que la gente joven, especialmente en los últimos 15 años, afronta su profesión. Y el elemento que ha hecho esto más evidente ha sido la pandemia. La pandemia ha abierto una puerta que la psicología profesional nunca había tenido:
“Se ha decidido colectivamente que el bienestar emocional lo deben tratar los psicólogos. Pero la manera en que se está haciendo es francamente banal”
Muy banal. Es una gran oportunidad, porque estamos asumiendo una responsabilidad colectiva enorme en torno a la fragilidad emocional, pero la traducción de esa oportunidad a la práctica no se está haciendo con rigor. Se está haciendo desde la simpleza, desde la banalidad, sin un enfoque crítico. Y esto no es solo responsabilidad de la profesión. También es responsabilidad nuestra, porque en parte hemos participado de ese mismo engaño. Los planes de estudio no son buenos. No están bien organizados ni bien articulados. Hay un exceso de asignaturas irrelevantes. Se ha perdido la base teórica y conceptual de la psicología, y en su lugar ha aparecido una especie de “tecnología psicológica” superficial que no aporta solidez. Y eso hace que los estudiantes, en general, no tengan las bases que teníamos nosotros en nuestra generación.



J.S.: Y, en ese contexto, la apuesta que se hizo en su momento desde los colegios de psicología hacia la vía sanitaria… Todos estamos de acuerdo en que tiene sentido, pero quizá ha reforzado una mirada más científico-tecnológica que ha restado algo de humanismo. No en el sentido de filosofía de letras, sino de comprensión del sujeto. ¿Hasta qué punto esto contribuye a una psicología más automatizada? Es decir, llega un paciente ya clasificado y se le aplica un tratamiento también clasificado.
J.G.: Ahí se está planteando una dicotomía que, en mi opinión, no existe.
“No hay una psicología científica frente a una psicología humanística. Existe una psicología rigurosa, consciente de los límites epistemológicos de su objeto de estudio”
Recuerdo un caso en un tribunal de TFM con Adolfo en el que una estudiante presentaba un trastorno de conversión con parálisis en una pierna. Y le preguntamos si esa elección del paciente tenía un contenido simbólico. No entendía la pregunta. Ese ejemplo ilustra que el problema no es elegir entre ciencia y humanismo, sino la falta de profundidad.
A.J.: Yo creo que Joaquín se refería más a que la psicología se está volviendo técnica.
J.G.: Exacto. Estamos funcionando muchas veces por puro empirismo: “esto me funciona, esto no”. Y eso es peligroso.
“En muchas facultades ya no se lee a Freud. Y eso es un error enorme. No por una cuestión ideológica, sino porque implica no entender los fundamentos de la disciplina”
Freud aportó conceptos esenciales: la importancia de la infancia, la idea de procesos no conscientes… Incluso la psicología cognitiva recoge y reformula muchas de esas ideas. Y, sin embargo, hoy eso no se transmite. Se ha instalado la idea de que leer a Freud no es científico, y ese es el verdadero problema.
J.S.: Yo no decía que la psicología no deba ser científica. Debe serlo, igual que la medicina. Pero también necesita una mirada humanista. Esa integración es fundamental.
J.G.: Exacto. Y eso es lo que amplía la mirada y nos permite ver al sujeto, no solo al objeto. Como decía Carlos Riviere en Objetos con mente, trabajamos con personas. Intervenimos cuando algo no va bien.
A.J.: Simplificando, coincidimos en que la formación actual es floja.
J.G.: Sí, y eso tiene consecuencias. Porque se hacen promesas que no se pueden cumplir, se banaliza la intervención y se da valor terapéutico a cosas que rozan el pensamiento mágico.
A.J.: En este contexto, ¿crees que ayudaría a resolver estos problemas la desaparición del título de Psicólogo General Sanitario y la reforma planteada para 2030? Parece contar con el visto bueno de universidades y colegios profesionales, y conduciría a la declaración del grado de Psicologia como sanitario, quedando asociado a una titulación sanitaria para todo psicóloga/a con grado.
J.G.: Sí, ayudaría, porque introduce un marco jurídico claro que puede dar una respuesta bastante contundente.
A.J.: Pero antes de entrar en eso, ¿tú estás de acuerdo con la propuesta? ¿Puedes explicarla brevemente?
J.G.: La propuesta, en esencia, consiste en convertir la psicología en una profesión sanitaria. Esto implicaría que la carrera pasaría a durar cinco años, que el acceso al doctorado se regularía por otra vía, y que el actual máster de especialidad sanitaria desaparecería para integrarse dentro del propio grado. Esto significaría que todos los egresados en Psicología tendrían la capacidad jurídica para ejercer la psicología clínica en el ámbito privado.
J.S.: En el marco actual, claro… que no sabemos cómo evolucionará. Te planteo un matiz: ¿qué pasaría con quienes han hecho el máster en estos años?
J.G.: Lo mismo que se hizo en su momento: una homologación. Una transitoria que equipare las situaciones. Eso lo tengo clarísimo. El Ministerio está planteando esta línea, y yo personalmente la defiendo. Es una opción sensata, entre otras cosas porque las profesiones sanitarias en Europa funcionan así: médicos, farmacéuticos… todos siguen ese patrón.
A.J.: ¿Y qué problemas resuelve esto?
J.G.: Varios. Primero, eliminaría ciertas distorsiones del sistema actual. El General Sanitario no tiene por qué desaparecer completamente, porque en algunos sitios se hace bien, pero hay universidades privadas que están ofreciendo miles de plazas con niveles de calidad muy bajos. Eso ha convertido el sistema, en parte, en un negocio perverso. Segundo, el máster se ha convertido en una especie de trampolín diferenciador entre psicólogos que, en realidad, no aporta tanta diferencia en términos de competencias. Tú y yo lo hemos visto durante años dando clase: no hay tanta diferencia real. Y, tercero:
“Hay una cuestión de fondo que llevamos 30 años sin resolver: si la psicología es o no una profesión sanitaria. Esa discusión hay que cerrarla”
Si entendemos la salud de forma amplia, como lo hacen otras profesiones sanitarias, la psicología encaja perfectamente. Porque intervenimos en múltiples ámbitos que tienen impacto en la salud, no solo en el clínico.
J.S.: Claro, pero entonces… ¿qué pasa con el resto de áreas? Porque a veces se plantea que esto convertiría las facultades de psicología en facultades de psicología clínica.
J.G.: Ese es un mal planteamiento. El concepto de salud es mucho más amplio que el concepto clínico. La idea sería ampliar ese concepto de salud a prácticamente todos los ámbitos. Por ejemplo, la intervención comunitaria, el trabajo con inmigración, con colectivos vulnerables… Todo eso tiene un impacto claro en la salud. No desde el diagnóstico clínico clásico, sino desde el comportamiento social.
A.J. ¿Y esto implicaría cambiar los planes de estudio?
J.G.: Sí o sí. Es que los planes de estudio son malos, Adolfo. Son malos. Tú preguntas en una facultad: ¿cuál es el proyecto educativo?, ¿qué perfil de egresado queréis formar?, ¿qué diferencia a un psicólogo formado aquí de uno de otra universidad?… y nadie sabe responder. Porque los planes están construidos por agregación de intereses parciales, sin un diseño global coherente. Es una acumulación de contenidos sin sentido estructural.
J.S.: Una especie de suma sin proyecto.
J.G.: Exacto. Una acumulación fractal de cosas que no encajan. Sin embargo, las profesiones sanitarias tienen marcos regulados a nivel europeo. Y eso puede ser una oportunidad, porque permitiría hacer algo que no hemos hecho nunca: diseñar los planes de estudio con la participación real de la profesión y con referentes internacionales. Traer expertos de distintos países, definir criterios comunes… Eso ahora no lo podemos hacer porque la titulación es interna.
A.J.: ¿Y esto tiene posibilidades reales?

J.G.: Sí. Yo llevo dos años trabajando en esa línea con el Ministerio, y la ministra lo tiene bastante claro en el ámbito sanitario. La pandemia ha abierto una ventana de oportunidad, como pasó con la enfermería. Es algo que nadie esperaba, pero está ahí y hay que aprovecharlo. El modelo sería claro: cinco años de formación con capacidad clínica, y luego especializaciones posteriores para quien quiera profundizar en otros ámbitos.
J.S.: Esto conecta con otro tema: el reconocimiento de títulos extranjeros. Por ejemplo, el caso de Argentina.
J.G.: Exacto, y ahí hay un problema importante. En Argentina, por ejemplo, la formación puede durar seis o siete años, con prácticas clínicas muy extensas. Y luego aquí se equipara eso a un grado más máster con menos carga práctica. Eso genera tensiones. Porque hay profesionales muy bien formados que podrían competir perfectamente, y eso genera miedo, recelo.
A.J.: Y al final se simplifica diciendo que tienen que acreditar un máster.
J.G.: Exacto. Pero si comparas la formación, en muchos casos ellos tienen más horas prácticas que nosotros. Y esto es un problema real.
A.J.: ¿Y esta preocupación es compartida tanto en la universidad pública como en la privada?
J.G.: En la privada el problema es distinto. Ahí la lógica es más económica: hacer que la cuenta de resultados funcione. En la pública sí hay preocupación, pero también hay muchas dificultades para cambiar cosas. La universidad es muy conservadora. Te pongo un ejemplo: estamos intentando actualizar las áreas de conocimiento, y hay una resistencia enorme incluso para cambiar nombres.
J.S.: Como el de la psicología evolutiva.
J.G.: Sí. En todo el mundo se habla de psicología del desarrollo, pero aquí cuesta muchísimo cambiarlo. O la unión de áreas que no tienen sentido hoy en día, como desarrollo y educación.
A.J.: Entonces, aunque cambie el marco, si no cambian los planes de estudio…
J.G.: No servirá de mucho. Pero aquí la regulación europea puede ayudar, porque obligaría a alinearnos con otros países.

A.J.: Eso sería una novedad importante para la psicología.
J.G.: Sí, porque nunca hemos tenido una regulación europea clara. Y eso marcaría un punto de inflexión. Nos obligaría a revisar planes, contenidos, competencias… en relación con otros sistemas. Aunque, eso sí, lo triste es que este cambio venga impulsado desde fuera, y no desde una reflexión interna.
A.J.: Para cerrar, ¿qué competencias deberían reforzarse en la formación, pensando en este enfoque más sanitario y global?
J.G.: Hay bastante consenso en cuatro grandes elementos. Y lo interesante es que no son tanto contenidos, sino competencias profesionales. La primera es la ética: un comportamiento íntegro, saber cuál es tu rol como profesional. La segunda es el rigor científico: saber distinguir qué es ciencia y qué no. La tercera es conocer los límites de tu propia competencia: saber hasta dónde llegas. Y la cuarta es un elemento más complejo, que aquí no está bien desarrollado y en muchos sitios tampoco, pero que tiene que ver con la capacidad profesional global: integrar todo eso en la práctica real.
A.J.: Podemos profundizar un poco en estos puntos.
J.G.: Mira, en las discusiones que estamos teniendo con colegas europeos hay bastante consenso en estos cuatro elementos clave. Y lo curioso es que no son tanto contenidos disciplinares como tal, sino más bien competencias de base, casi de identidad profesional.
J.S.: O sea, no es tanto “qué sabes”, sino “cómo eres como profesional”.
J.G.: Así es. La primera, sin ninguna duda, es la ética. Pero no solo como algo teórico, sino como un comportamiento íntegro. Saber cuál es tu rol, qué se espera de ti, qué puedes y qué no puedes hacer. Tener un marco claro.
A.J.: Sí, esto lo comentabas antes, pero parece que ahora se está poniendo mucho más encima de la mesa.
J.G.: Totalmente. Por ejemplo, los alemanes trabajan mucho este tema. Analizan la capacidad de obrar del psicólogo en términos de autonomía, dependencia, criterio… y todo eso está basado en tres pilares: integridad, código ético y rigor.
J.S.: Y además ahora el COP está a punto de publicar un nuevo Código ético, Creo que lo está liderando Javier Lastra, decano del COP Cantabria, y está ya prácticamente listo. Es importante, porque va en esa línea.

J.G.: Pero fijaos que cuando hablas con profesionales de distintos países, todos coinciden: lo primero que te dicen es que un psicólogo tiene que saber claramente cuál es su rol y actuar con coherencia.
A.J.: Vale, ética como primer punto. ¿El segundo?
J.G.: El segundo es el más evidente: rigor científico. Tener una base sólida y, sobre todo, saber diferenciar qué es ciencia y qué no lo es. Parece obvio, pero no lo es tanto en la práctica.
J.S.: Porque, si no, acabas mezclando cosas sin criterio.
J.G.: Claro. Y entonces puedes llegar a conclusiones erróneas, o aplicar intervenciones sin fundamento. Y eso, en una profesión como la nuestra, es muy peligroso.
A.J.: ¿Y el tercero?
J.G.: El tercero es muy interesante y aquí falla bastante: el respeto a los límites disciplinares. Saber exactamente dónde empieza y dónde acaba tu competencia.
J.S.: Eso es clave. Saber hasta dónde llegas.
J.G.: Exacto. Yo he oído muchas veces a colegas decir: “Yo no soy neuropsicólogo forense”. Y eso es muy sano. Porque implica saber qué sabes hacer y qué no. Es como decir: “Yo hago tazas, pero las tazas van de aquí a aquí”. Y eso el colegio profesional debería poder definirlo, acreditarlo y regularlo bien.
A.J.: O sea, no invadir terrenos que no te corresponden.
J.G.: Claro. Porque cuando eso no está claro, entramos en un terreno muy difuso donde todo vale. Y ahí volvemos al problema del empirismo: “Esto me funciona, pues lo hago”. Y no.
J.S.: ¿Y el cuarto punto?
J.G.: El cuarto es más complejo, porque no está tan bien definido y, de hecho, en muchos sitios tampoco está bien desarrollado. Pero tiene que ver con algo más transversal: la identidad profesional en sentido amplio.
A.J.: ¿A qué te refieres exactamente?
J.G.: A la capacidad de integrar todo lo anterior en la práctica real. Es decir, no solo tener ética, no solo tener conocimiento, no solo saber tus límites, sino también ser capaz de situarte como profesional en contextos complejos.
J.S.: Como una especie de madurez profesional.
J.G.: Sí, capacidad de juicio, de adaptación, de entender el contexto social, institucional… de no funcionar en automático. Y esto es lo que, en muchos casos, ahora mismo no estamos consiguiendo formar.
A.J.: Y que probablemente antes se adquiría más de forma natural.
J.G.: Sí, porque había más base, más tiempo, más exigencia. Ahora todo va más rápido y más simplificado.
J.S.: Entonces, si lo resumimos, estamos en un momento en el que la psicología tiene una oportunidad enorme, pero también un riesgo importante.
J.G.: Nunca habíamos tenido tanta presencia social ni tanta responsabilidad sobre el bienestar emocional. Pero si no reforzamos el rigor, la formación y estas competencias básicas, podemos acabar debilitando la disciplina.
A.J.: Es como si estuviéramos creciendo muy rápido, pero sin consolidar bien los cimientos.
J.G.: Esa es la idea.
“Si no cuidamos los cimientos, ética, rigor, límites y madurez profesional, el crecimiento puede ser muy frágil”
J.S.: Pues ahí está el reto.
J.G.: Ahí está el reto, sí. Y además es un reto urgente.


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