Cuando el dolor no encuentra un lugar

Reflexió i pràctica

Impacto psicológico del retraso diagnóstico y la fragmentación asistencial en el síndrome ACNES

Por Carolina Sánchez Girona, psicóloga sanitaria, neuropsicóloga y miembro del Grupo de Trabajo Neuropsicología y salud mental del COPC.

El síndrome de atrapamiento del nervio cutáneo anterior (ACNES) es una causa de dolor de la pared abdominal que todavía puede pasar inadvertida. Este artículo propone una reflexión clínica sobre un problema actual: cómo integrar los factores psicológicos en el abordaje del dolor sin utilizarlos como explicación residual cuando el diagnóstico es complejo, la respuesta terapéutica es incompleta o la atención se fragmenta.

Resumen

El dolor persistente no constituye únicamente una experiencia sensorial. Puede reducir la autonomía, alterar el descanso, condicionar las relaciones y modificar la manera en que una persona se relaciona con su propio cuerpo. Cuando el dolor tarda en ser reconocido o no encuentra un itinerario asistencial coherente, aparece una segunda fuente de sufrimiento: la necesidad reiterada de demostrar que aquello que se siente es real.

A partir de una viñeta clínica compuesta, se analiza el impacto psicológico del retraso diagnóstico, la acumulación de explicaciones parciales, la dificultad para acceder a profesionales con experiencia en ACNES, la discontinuidad terapéutica y la atribución psicológica prematura del dolor. El objetivo no es negar la influencia de la ansiedad, la hipervigilancia, la evitación o el estado de ánimo sobre la experiencia dolorosa, sino situar correctamente su función clínica. Estos factores pueden modular el dolor y la discapacidad, pero también pueden ser consecuencia de años de dolor, incertidumbre e invalidación.

Se proponen implicaciones concretas para la práctica psicológica y para la coordinación interdisciplinar. La Psicología puede contribuir a recuperar funcionamiento, flexibilidad psicológica y confianza corporal, siempre que su intervención complemente la evaluación médica y no transforme el sufrimiento emocional en una explicación que cierre prematuramente el caso.

Palabras clave: ACNES, dolor neuropático, dolor abdominal, retraso diagnóstico, invalidación clínica, fragmentación asistencial, dolor persistente, modelo biopsicosocial.

Una cuestión actual para la Psicología de la salud

El ACNES (Anterior Cutaneous Nerve Entrapment Syndrome) se relaciona con la irritación o compresión de las ramas cutáneas anteriores de los nervios toracoabdominales durante su recorrido por la pared abdominal. Suele manifestarse como un dolor circunscrito, con frecuencia próximo al borde lateral del músculo recto abdominal, y puede acompañarse de alteraciones sensitivas cutáneas. La persistencia o el incremento del dolor al contraer la musculatura abdominal durante el test de Carnett puede orientar hacia un origen parietal, aunque debe interpretarse dentro de una exploración clínica completa y de un diagnóstico diferencial adecuado (Scheltinga y Roumen, 2018).

La psicóloga Carolina Sánchez.

La identificación sigue siendo fundamentalmente clínica y no existe un biomarcador único que confirme por sí solo el diagnóstico. La literatura reciente continúa señalando la necesidad de mejorar el reconocimiento del síndrome, estandarizar los resultados y organizar algoritmos terapéuticos escalonados en colaboración con especialistas en dolor (De Troyer et al., 2026). Esta combinación de incertidumbre diagnóstica, tratamientos de respuesta heterogénea y escasez de circuitos específicos convierte el ACNES en un escenario especialmente útil para examinar un debate vigente en Psicología de la salud: cómo aplicar el modelo biopsicosocial sin desplazar el cuerpo ni psicologizar la incertidumbre médica.

La incorporación de factores psicológicos al estudio del dolor no es problemática en sí misma. El dolor es una experiencia compleja en la que intervienen procesos neurofisiológicos, cognitivos, emocionales, conductuales y sociales. La dificultad aparece cuando la explicación psicológica se introduce para cerrar la investigación médica, en lugar de ampliar la comprensión del caso.

Nota metodológica y de confidencialidad

La viñeta que se presenta a continuación es una construcción clínica compuesta. Se han seleccionado, modificado y reorganizado datos demográficos, familiares, temporales y asistenciales con una finalidad exclusivamente ilustrativa. No reproduce de forma lineal la biografía ni el historial clínico de ninguna persona concreta. Se han omitido los elementos no necesarios para la reflexión y se ha minimizado el riesgo de identificación.

El artículo no pretende valorar la actuación de profesionales concretos ni formular recomendaciones médicas sobre el tratamiento del ACNES. Su finalidad es describir patrones psicológicos y asistenciales relevantes para la práctica profesional.

Una trayectoria difícil de ordenar

Una mujer adulta comienza a presentar dolor abdominal persistente. Aunque la intensidad fluctúa, no se produce una remisión estable. Poco a poco, el dolor interfiere en el descanso, la movilidad, la actividad laboral y las tareas cotidianas.

A lo largo del proceso se realizan distintas exploraciones y se proponen hipótesis digestivas, musculoesqueléticas, neuropáticas o relacionadas con intervenciones previas. Algunas explicaciones parecen dar cuenta de una parte de la sintomatología, pero ninguna integra por completo el cuadro. Con el tiempo se plantea un diagnóstico compatible con ACNES. Recibir un nombre produce inicialmente alivio: la experiencia deja de parecer inexplicable y aparece una vía clínica más concreta. Sin embargo, el diagnóstico no resuelve por sí solo el problema.

La paciente encuentra dificultades para localizar profesionales con experiencia específica y algunas intervenciones no producen una mejoría suficiente o mantenida. Cambian los profesionales, desaparecen recursos y no siempre existe un circuito claro de derivación. En cada consulta debe volver a explicar una historia extensa, decidir qué informes llevar, diferenciar diagnósticos confirmados de hipótesis y resumir años de evolución sin omitir aquello que podría resultar relevante.

De manera casi inadvertida, acaba asumiendo tareas propias de la coordinación asistencial. Intenta relacionar las conclusiones de distintas especialidades, recordar qué tratamiento se indicó en cada momento y comprender qué síntomas pueden atribuirse a cada diagnóstico. La acumulación de etiquetas no siempre produce claridad. A veces ocurre lo contrario: existen múltiples nombres, pero nadie parece sostener una visión longitudinal del conjunto.

El retraso diagnóstico también deja huella

Un retraso diagnóstico no es un intervalo vacío entre la aparición de los síntomas y la obtención de una explicación. Durante ese tiempo, la persona vive, decide, anticipa y se adapta a un cuerpo que ha dejado de resultar predecible.

Al principio suele mantenerse la expectativa de que la siguiente prueba, consulta o intervención aclarará el problema. Cuando esta expectativa se repite sin una respuesta suficiente, puede transformarse en frustración y agotamiento. Cada exploración no concluyente añade incertidumbre; cada derivación que no conduce a una respuesta clara debilita la confianza; y cada tratamiento que fracasa o produce una mejoría transitoria obliga a reorganizar de nuevo las expectativas.

El dolor deja entonces de ser la única preocupación. Aparecen el temor a no encontrar un profesional que pueda hacerse cargo, la anticipación de que se agoten las opciones terapéuticas y la sensación de tener que comenzar otra vez desde el principio. La persona no solo se pregunta qué le ocurre, sino si el sistema será capaz de ayudarla.

«En el dolor persistente, la incertidumbre asistencial puede llegar a ocupar tanto espacio como el propio síntoma«

Cuando el cuerpo deja de sentirse seguro

La persistencia del dolor modifica progresivamente la relación con el cuerpo. La persona aprende qué movimientos lo intensifican, qué posturas parecen más seguras y qué actividades podrían desencadenar una crisis. Esta vigilancia puede comenzar como una estrategia razonable de protección, especialmente cuando todavía no se comprende bien el mecanismo del dolor.

Nervios intercostales, una vez eliminados los músculos superficiales. Fuente: Wikimedia Commons.

El problema aparece cuando la protección se generaliza. Se reducen desplazamientos, se limitan compromisos y cada jornada se organiza en función de la posibilidad de que el dolor aumente. El modelo de miedo-evitación ayuda a comprender cómo el miedo relacionado con el dolor, la vigilancia, la catastrofización y la evitación pueden asociarse con mayor malestar y discapacidad (Vlaeyen y Linton, 2000; Rogers y Farris, 2022). Este marco no afirma que el dolor tenga un origen psicológico ni implica que la persona exagere. Describe mecanismos que pueden amplificar las consecuencias funcionales de un dolor plenamente somático.

La ansiedad anticipatoria, las alteraciones del sueño, la rumiación, la irritabilidad o los síntomas depresivos que aparecen durante este proceso no demuestran una etiología psicógena. Con frecuencia son respuestas comprensibles ante la combinación de dolor persistente, pérdida de autonomía e incertidumbre.

Cuando lo psicológico se convierte en una explicación residual

Los factores psicológicos influyen en la experiencia dolorosa. La atención, las expectativas, el miedo, el aprendizaje y el contexto interpersonal pueden modificar la intensidad percibida y la discapacidad asociada. Negar esta influencia sería clínicamente inadecuado.

El problema surge cuando la presencia de ansiedad o malestar emocional se utiliza para explicar el origen del dolor sin haber establecido una relación causal suficiente. El razonamiento puede ser implícito: las pruebas no ofrecen una explicación completa, la paciente se muestra angustiada y, por tanto, el dolor debe ser fundamentalmente psicológico. Sin embargo, la dirección causal también puede ser la contraria.

«Una persona que lleva meses o años conviviendo con dolor, pérdidas funcionales y respuestas asistenciales insuficientes tiene motivos para sentirse ansiosa»

La invalidación puede ser explícita, cuando se afirma que el dolor está “en la cabeza”, pero también más sutil: recibir el relato con escepticismo, minimizar la interferencia funcional o comunicar un resultado normal como si demostrara que el problema no existe. Nicola y colaboradores (2021) revisaron 431 artículos con narrativas procedentes de más de 7.770 participantes e identificaron temas recurrentes como no ser creído, percibir falta de compasión, encontrarse con escasa comprensión del dolor, sentirse estigmatizado y desarrollar juicio crítico hacia uno mismo.

No ser creído no solo deteriora la alianza con el profesional. Puede alterar la relación de la persona con su propia experiencia. La invalidación externa puede convertirse en autoinvalidación: “quizá exagero”, “tal vez no debería pedir ayuda” o “si estoy tan angustiada, quizá el dolor no sea físico”. La vergüenza y la pérdida de credibilidad percibida pueden favorecer el aislamiento, dificultar la búsqueda de ayuda o generar la necesidad de acudir a cada consulta con una defensa exhaustiva del propio caso.

La fragmentación asistencial como factor clínico

La participación de distintas especialidades puede ser necesaria para comprender un cuadro complejo. Sin embargo, cuando estas perspectivas no se comunican entre sí, la atención corre el riesgo de fragmentarse. El mismo dolor puede observarse sucesivamente como un síntoma digestivo, quirúrgico, neuropático, musculoesquelético o psicológico. Cada profesional examina una parte desde su marco de conocimiento, pero no siempre existe alguien que mantenga una visión longitudinal.

Esta fragmentación no implica necesariamente una mala actuación individual. Puede derivarse de la organización sanitaria, la escasez de tiempo, la ausencia de circuitos específicos y los límites de cada especialidad. No obstante, para la paciente el resultado puede ser la sensación de quedar atrapada entre servicios. Cada profesional conoce un fragmento de la historia, mientras ella carga con el conjunto.

La repetición del relato también tiene un coste emocional. Explicar una y otra vez el inicio, las pruebas, los tratamientos y las limitaciones obliga a revivir el proceso. Cuando las recomendaciones son contradictorias o desaparece un recurso que empezaba a ofrecer dirección, no se pierde únicamente una técnica: también puede perderse la confianza construida, la esperanza depositada en un itinerario y la percepción de que las propias acciones producen resultados previsibles.

Qué puede aportar la Psicología en la práctica profesional

La función de la Psicología no consiste en convencer a la persona de que su dolor tiene un origen emocional ni en ayudarla a soportar indefinidamente una atención insuficiente. Su aportación específica consiste en evaluar y tratar las consecuencias psicológicas y funcionales del dolor, facilitar una relación más flexible con la experiencia y colaborar con el resto de profesionales sin clausurar el razonamiento médico.

  • Evaluación psicológica. En la práctica clínica conviene explorar la interferencia funcional en actividades básicas, laborales, familiares, sociales y de autocuidado; la sintomatología ansiosa y depresiva, la desesperanza, la irritabilidad, el sueño y la fatiga; el miedo al movimiento, la evitación, la hipervigilancia corporal, la catastrofización y las conductas de búsqueda de seguridad; las experiencias de invalidación, la vergüenza, la pérdida de identidad y el deterioro de la confianza en el sistema sanitario; las estrategias de afrontamiento, el apoyo social, el impacto familiar y los recursos preservados. Cuando el nivel de sufrimiento lo requiera, también debe valorarse la posible presencia de trauma médico y el riesgo autolítico.
  • Validación y psicoeducación. La intervención puede comenzar reconociendo la realidad del dolor y de su impacto sin confirmar acríticamente todas las hipótesis diagnósticas. La psicoeducación sobre dolor persistente debe plantearse desde un modelo biopsicosocial no reductivo, diferenciando la modulación psicológica de una etiología psicógena.
  • Validación y psicoeducación. La intervención puede comenzar reconociendo la realidad del dolor y de su impacto sin confirmar acríticamente todas las hipótesis diagnósticas. La psicoeducación sobre dolor persistente debe plantearse desde un modelo biopsicosocial no reductivo, diferenciando la modulación psicológica de una etiología psicógena.
  • Recuperación funcional. La recuperación gradual de actividades significativas, coordinada con las indicaciones médicas y funcionales, permite distinguir la protección necesaria de la evitación generalizada.
  • Regulación emocional y flexibilidad psicológica. El trabajo puede incluir la rumiación, la ansiedad anticipatoria, el sueño, la autoinvalidación y la vergüenza. La evidencia sobre ACT en dolor crónico apunta a beneficios principalmente en variables psicológicas, aceptación, flexibilidad y funcionamiento, sin presentar la aceptación como resignación ni como abandono de la búsqueda de tratamiento (Martínez-Calderón et al., 2024; Ye et al., 2024).
  • Regulación emocional y flexibilidad psicológica. El trabajo puede incluir la rumiación, la ansiedad anticipatoria, el sueño, la autoinvalidación y la vergüenza. La evidencia sobre ACT en dolor crónico apunta a beneficios principalmente en variables psicológicas, aceptación, flexibilidad y funcionamiento, sin presentar la aceptación como resignación ni como abandono de la búsqueda de tratamiento (Martínez-Calderón et al., 2024; Ye et al., 2024).
  • Preparación de las consultas médicas. Elaborar cronologías breves, diferenciar diagnósticos confirmados de hipótesis, sintetizar tratamientos previos y priorizar preguntas puede reducir la sobrecarga y mejorar la comunicación clínica.

Una formulación útil puede expresarse así: “El dolor que experimentas es real. Podemos trabajar sobre la ansiedad, el miedo y las limitaciones que ha generado sin concluir por ello que su origen sea psicológico”. Esta diferenciación protege la alianza terapéutica y permite que la intervención psicológica amplíe la atención en lugar de sustituirla.

“La intervención psicológica amplía la atención cuando trata las consecuencias del dolor; la reduce cuando convierte esas consecuencias en su causa por defecto”

Claves para una coordinación interdisciplinar

El valor añadido del abordaje interdisciplinar no reside en acumular derivaciones, sino en construir una formulación compartida y comprensible. Cuando sea posible, resulta útil que un profesional o servicio mantenga la visión longitudinal del caso y que el equipo comparta una cronología clínica común. También conviene diferenciar con claridad los hallazgos establecidos, las hipótesis activas, los diagnósticos descartados y las incertidumbres pendientes.

Los resultados normales deben explicarse sin equipararlos a ausencia de dolor ni utilizarlos como prueba de causalidad psicológica. Los objetivos funcionales y psicológicos han de ser compatibles con el proceso médico, evitando mensajes contradictorios sobre actividad, reposo o pronóstico. Del mismo modo, una intervención médica no eficaz no demuestra que el dolor sea psicógeno: puede reflejar heterogeneidad clínica, mecanismos coexistentes o límites del conocimiento disponible.

«La experiencia de la persona debe formar parte de la toma de decisiones y la comunicación ha de distinguir con honestidad qué se sabe, qué no se sabe todavía y qué alternativas razonables pueden explorarse»

La evidencia terapéutica específica para ACNES continúa evolucionando. La revisión de alcance publicada en 2026 mantiene las infiltraciones en puntos dolorosos, la radiofrecuencia pulsada y la neurectomía como pilares del manejo escalonado, al tiempo que subraya la necesidad de estandarizar resultados y colaborar con especialistas en dolor (De Troyer et al., 2026). Para Psicología, este dato refuerza una posición de colaboración: acompañar el impacto del dolor y la incertidumbre sin invadir la indicación médica ni reducir el caso a variables emocionales.

Un modelo biopsicosocial que no desplace el cuerpo

El término biopsicosocial se utiliza con frecuencia, pero no siempre de forma rigurosa. Cuando las pruebas no ofrecen una explicación completa, el componente psicológico puede acabar ocupando el espacio dejado por la incertidumbre biológica. Eso no es integrar dimensiones; es sustituir una explicación incompleta por otra.

Un modelo verdaderamente biopsicosocial mantiene abiertas las distintas perspectivas. Reconoce el posible atrapamiento nervioso y la necesidad de un diagnóstico diferencial adecuado. Atiende, al mismo tiempo, al miedo, la hipervigilancia, la pérdida de identidad y la regulación emocional. También contempla las condiciones sociales y asistenciales que influyen en el sufrimiento: disponibilidad de especialistas, tiempos de espera, situación laboral, apoyo familiar y experiencias de validación o rechazo.

Ninguna de estas dimensiones anula las demás. Un mecanismo neuropático puede coexistir con ansiedad. La presencia de evitación no descarta una lesión. La intervención psicológica puede ser necesaria aunque el origen del dolor sea somático. La complejidad no debería utilizarse para diluir el problema, sino para comprenderlo mejor.

Reflexión final

«El sufrimiento asociado al ACNES no procede exclusivamente de la intensidad del dolor»

También puede surgir de la demora en reconocerlo, de las explicaciones parciales, de la falta de profesionales especializados y de la interrupción de tratamientos que empezaban a ofrecer una dirección.

«La ansiedad, la tristeza, la hipervigilancia o la pérdida de confianza que aparecen durante este recorrido no deberían utilizarse para desacreditar el síntoma»

Con frecuencia son la huella psicológica de haber convivido durante demasiado tiempo con dolor, incertidumbre y falta de continuidad.

«Escuchar y validar no significa aceptar acríticamente cualquier explicación diagnóstica»

Significa reconocer la realidad del dolor, mantener abierto el razonamiento clínico y comunicar con honestidad qué se sabe, qué todavía no se comprende y qué alternativas pueden explorarse.

En algunos casos, el nervio queda atrapado en la pared abdominal. La persona, entretanto, puede quedar atrapada entre especialidades, diagnósticos y tratamientos que no llegan a formar un itinerario coherente.

«Una atención verdaderamente biopsicosocial debería ser capaz de intervenir sobre ambos atrapamientos sin reducir nunca uno al otro»

Bibliografía
De Troyer, A., Allaeys, M., Verelst, F. y Berrevoet, F. (2026). Management strategies for anterior cutaneous nerve entrapment syndrome: a scoping review. Hernia, 30(1), 72. doi: 10.1007/s10029-025-03576-5
Martínez-Calderón, J. et al. (2024). Acceptance and Commitment Therapy for Chronic Pain: An Overview of Systematic Reviews with Meta-Analysis of Randomized Clinical Trials. The Journal of Pain, 25(3), 595-617. doi: 10.1016/j.jpain.2023.09.013
Nicola, M., Correia, H., Ditchburn, G. y Drummond, P. (2021). Invalidation of chronic pain: a thematic analysis of pain narratives. Disability and Rehabilitation, 43(6), 861-869. doi: 10.1080/09638288.2019.1636888
Nicola, M., Correia, H., Ditchburn, G. y Drummond, P. (2022). Defining pain-validation: the importance of validation in reducing the stresses of chronic pain. Frontiers in Pain Research, 3, 884335. doi: 10.3389/fpain.2022.884335
Rogers, A. H. y Farris, S. G. (2022). A meta-analysis of the associations of elements of the fear-avoidance model of chronic pain with negative affect, depression, anxiety, pain-related disability and pain intensity. European Journal of Pain, 26(8), 1611-1635. doi: 10.1002/ejp.1994
Scheltinga, M. R. y Roumen, R. M. (2018). Anterior cutaneous nerve entrapment syndrome (ACNES). Hernia, 22(3), 507-516. doi: 10.1007/s10029-017-1710-z
Vlaeyen, J. W. S. y Linton, S. J. (2000). Fear-avoidance and its consequences in chronic musculoskeletal pain: a state of the art. Pain, 85(3), 317-332. doi: 10.1016/S0304-3959(99)00242-0
Ye, L., Li, Y., Deng, Q., Zhao, X., Zhong, L. y Yang, L. (2024). Acceptance and commitment therapy for patients with chronic pain: a systematic review and meta-analysis on psychological outcomes and quality of life. PLOS ONE, 19(6), e0301226. doi: 10.1371/journal.pone.0301226

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