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Una nueva definición de la palabra ‘violencia’

Por Pablo Palmero Salinas, colegiado n.º 14.546, Psicólogo General Sanitario y divulgador.

La definición de la palabra violencia ha sido modificada. Se introdujo en una reciente modificación del DIEC2, el diccionario oficial de la lengua catalana, y supone un cambio relevante por el entendimiento y las implicaciones que de él se derivan.

1 f. [LC] Ús de la força o del poder contra un ésser viu, fonamentat en la imposició i el menyspreu.

[Uso de la fuerza o del poder contra un ser vivo, fundamentado en la imposición y el menosprecio.]

Esta nueva definición incorpora la imposición y el menosprecio como elementos coexistentes y necesarios para la consideración del acto violento. Un matiz lingüístico inédito hasta ahora, que ayuda a clarificar ambigüedades y a reconocerla mejor tanto cuando la sufrimos como cuando la ejercemos sobre los demás o sobre nosotros mismos.

El psicòleg Pablo Palmero.

He tenido el honor de impulsar este cambio; un hito personal fruto de ocho años de trabajo conjunto con la sección lexicográfica del Institut d’Estudis Catalans. Un largo recorrido de propuestas y documentos de ida y vuelta -más de más de treinta páginas de argumentaciones- para dar con la fórmula mínima e indispensable que permite calificar un comportamiento como violento. Un precedente que, a su vez, abre las puertas a una futura actualización en otros instrumentos de referencia lingüística.

Aunque lograr la síntesis que exige un diccionario terminológico para un concepto tan complejo suponía un verdadero desafío, considero que hemos hallado un denominador común que ayuda a desambiguar un término de enorme relevancia social. El objetivo del presente artículo es darla a conocer y desgranar la relevancia y las bondades de sus nuevos atributos.

Hasta el 2023, el DIEC la definía simplemente como «abuso de fuerza». Por su parte, la RAE no le otorgaba una definición propia y, a fecha de hoy ¡sigue sin hacerlo!; se limita a describirla como «cualidad de violento». Y de violento dice «persona que actúa con ímpetu y fuerza y se deja llevar por la ira». La de la OMS es ciertamente más elaborada al no estar sujeta a las limitaciones de un diccionario terminológico, y añade el elemento del “uso intencional del poder”. Pero el uso de la fuerza y el poder no son suficientes para entender la naturaleza del acto, ni las muchas maneras de ejercerla.

Tras un tiempo de investigación y apoyado en mi experiencia clínica y divulgativa en el campo de la psicología, planteé un primera definición que recoge su naturaleza intrínseca, sus consecuencias y las maneras de ejercerla. Este primer informe fue revisado por mi colega Joan Rodríguez, especialista en Prevención y Tratamiento de la Violencia Familiar.

La citada definición ha ido evolucionando hasta la siguiente:

Finalmente, tras años de debate con la Comisión Lexicográfica del Institut d’Estudis Catalans para tratar de sintetizar y trasladar estas exploraciones teóricas al diccionario terminológico, empezaron a introducirse algunos cambios. A finales de 2025, tras diversas actualizaciones menores, se formalizó el cambio que recoge los nuevos elementos sobre la naturaleza intrínseca de la violencia:

[El documento (PDF) con las modificaciones y actualizaciones del DIEC puede consultarse en este link. La entrada del diccionario, aquí].

Desde mi punto de vista, lo que permite identificar el acto violento, no es tanto la manera de ejercerla, expresado en la actual definición como -el uso de la fuerza y el poder-, sino la necesaria conjunción del hecho impositivo y el menosprecio. Veámoslo.

En todo acto de violencia priorizamos “lo nuestro” con menoscabo por el sentir ajeno. Todo acto de violencia conlleva, por tanto, una falta de humanidad.

Haré a continuación un análisis crítico de la definición internacional de referencia, la de la OMS, porque opino que aporta matices y ayuda a reflexionar sobre las bondades de mi propuesta enciclopédica original.

A modo de ejemplificación, responderé a continuación a preguntas que generarían serias dudas desde las definiciones clásicas asociadas sólo al uso de la fuerza y el poder, y que resultan mejor dirimidas mediante la nueva propuesta:

«¿Es un acto de violencia golpear a alguien que me está agrediendo? Sí, si aprovecho la situación para ensañarme. No, si mi objetivo es únicamente el de protegerme»

¿La ejerce un jefe que impone su autoridad acarreando un perjuicio a sus empleados? Sí, si decide sin considerar el perjuicio ocasionado. No, si se intenta minimizar el impacto sobre los trabajadores.

¿Es un acto de violencia matar a otro ser vivo para alimentarse? Sí, si es tratado y sacrificado sin contemplar su sufrimiento. No, si se intenta reducir su dolor todo lo posible.

¿Es violento quien insulta o golpea a otra persona aunque “en el fondo no fuera su intención”? Sí. Independientemente de la voluntad, sí se insulta o se golpea a alguien significa que no se ha puesto el cuidado necesario e imprescindible en el trato.

¿Podemos estar siendo violentos con nosotros mismos a través del diálogo interno? Sí, si nos hablamos sin respeto; aplicando la misma consideración de lo que sucedería si insultamos o maltratamos a otra persona.

En conclusión, para identificar la violencia no basta con observar como se ejerce; debemos determinar si ha existido una imposición y si se han tenido en cuenta el sentir y las consecuencias sobre el agredido, o si bien, sólo ha primado lo que uno quería conseguir.

1. Definir la violencia nos implica y desafía

Hay un interrogante que me ha asalto durante todo este proceso:

«¿Cómo es posible que un comportamiento tan capital para nuestra vida personal y comunitaria esté definido de forma tan imprecisa?»

O que, incluso, como comenté al inicio, ni tan siquiera tenga una entrada específica en el diccionario de la Real Academia Española (el Instituto de Lexicografía de la RAE también ha recibido mi propuesta y el presente documento, y me han informado que seguirán su curso y protocolos para valorar su futura modificación). Mi conclusión es que, definir la violencia es incómodo.

Font: dle.rae.es

La violencia es una estrategia psicodinámica defensiva omnipresente en nuestra especie; una reacción que encubre miedos y compensa carencias. Una perversa forma de autoafirmación que hilvana gran parte del comportamiento humano. Profundizar en ella nos sitúa frente al espejo: nos obliga a identificarla no sólo en los demás, sino también en nosotros mismos y en aquellos a quien amamos. Nos obliga a revisar nuestra manera de relacionarnos, alterando nuestro modus vivendi, por lo que acaba resultándonos más sencillo asociarla a clichés y entenderla «a conveniencia» dependiendo de las circunstancias. Pero esta renuencia también conlleva consecuencias, la principal de ellas es la desorientación: no saber identificarla en nosotros ni en los demás; ni saber, por tanto, cuando estamos siendo verdugos y cuando las víctimas.

2. Una complejidad inherente e ineludible

En el comportamiento violento la intención subyacente a menudo debe inferirse a través de los actos, el contexto, los gestos o las previsibles consecuencias. Extraer una conclusión inequívoca puede ser ciertamente complejo, pero esta dificultad no es óbice para su elusión. La complejidad, al fin y al cabo, es inherente al psiquismo humano.

Quien pretenda esquivar esta cuestión apelando a la subjetividad, debería, cuando menos, proponer una definición alternativa. De lo contrario resultará imposible sostener conversaciones con una mínima base de sensatez, condenando los análisis a meros debates ideológicos y prejuiciosos vacíos y alejados de una comprensión madura del comportamiento violento.

3. Desprecio vs menosprecio

La elección del término «menosprecio» en lugar de «desprecio» es deliberada. Mientras que el segundo suele remitir a un acto voluntario y consciente, el primero abarca connotaciones implícitas e inconscientes. Muchos actos de maltrato -descargas emocionales, desatenciones, sabotajes u olvidos selectivos- poseen un componente inconsciente. Esa falta de conciencia, sin embargo, no elimina la naturaleza violenta de la imposición.

En catalán, la palabra menyspreu aúna ambos conceptos, una merma semántica que convendría revisar en futuros estudios para distinguir el matiz de la intencionalidad.

4. Fuerza, poder y manipulación

En mi definición original, la enciclopédica, identifico tres mecanismos de ejecución: la fuerza (física y verbal), el poder y la manipulación. Este último concepto no se incluyó en la definición terminológica final del DIEC dado que fue una “solución de compromiso” entre la visión clásica y mi propuesta. No obstante, limitar la violencia a la fuerza y al poder ensombrece otras formas de agresión encubiertas ¿Acaso no es violencia la manipulación del que urde, difama o acosa amparado bajo el anonimato de las redes sociales? ¿O la del que provoca un accidente ocultando su identidad, o encargando la agresión a un tercero?

Por consiguiente, podríamos categorizar las diferentes formas de ejercer la violencia de la siguiente manera:

Aprovecho para pedir que este concepto de violencia indirecta mediante la manipulación, se tome en consideración para incorporarlo en las futuras revisiones de la definición. Para la versión terminológica reducida, la propuesta sería la siguiente:

5. El abuso de poder como agravante

Por otra parte, y también para futuras revisiones, me parece relevante hacer notar que el uso del poder actúa como un agravante de desequilibro y dominación, pues somete al agredido a imposiciones de las que es mucho más difícil escapar.

Dada su relevancia social, mi propuesta para futuras revisiones es incluir acepciones específicas relacionadas con el abuso de poder, tales como la violencia de Estado, la violencia estructural, administrativa, etc.

6. La politización del término

En estrecha relación con el punto anterior, considero imperativo prevenir la peligrosa tendencia a politizar el concepto de la violencia. Históricamente, las estructuras de poder han tendido a moldear la terminología a su conveniencia, utilizándola como mecanismo de autoprotección o como herramienta de manipulación ideológica. Lo hemos podido comprobar, por ejemplo, durante los últimos años con los controvertidos cambios legislativos, especialmente en políticas de violencia de género y delitos de odio.

Desde los ámbitos académicos y colegiales deberíamos velar con firmeza para que los políticos y las estructuras del Estado no se apropien de la conceptualización y la designación de la violencia, ni de otros términos asociados a ella. Una de las primeras cosas que haría para contrarrestar esta tendencia sería, de hecho, definir la violencia de Estado. Me consta, eso sí, que el Institut d’Estudis Catalans está trabajando en ello. Yo mismo he hecho una propuesta al respecto, es la siguiente:

Como hemos visto, definir la violencia es un reto teórico notable. Por eso mismo, quiero dar las gracias a los profesionales de la Comisión Lexicográfica del IEC por la ingente cantidad de tiempo, atención y paciencia que han mostrado frente a mis peticiones e insistencia durante todos estos años. Esta receptividad y buena disposición de los responsables de nuestra lengua demuestra que a pesar de los muchos desafíos y cosas por mejorar, nuestra sociedad sigue evolucionando.

«La violencia y el Mal son inseparables, y en cierto modo, la misma cosa»

La violencia es un potente mecanismo de defensa que nos permite negar aquello que tememos, y autoafirmarnos mediante la dominación y la consecución de nuestros deseos. En tanto que mecanismo psicodinámico, no puede erradicarse ni tampoco «vencerse»; es una realidad que debemos conocer, contener y transformar mediante nuevas formas de relación.

Mi empeño teórico ha tenido como propósito contribuir al primero e imprescindible de los pasos: reconocer qué define la violencia. Una descripción que, a su vez, señala el antídoto de la imposición y el menosprecio: el deseo prioritario de conocer y respetar el sentir y la verdad de uno mismo y de los demás.

Aquest article també està DISPONIBLE EN CATALÀ:
«Una nova definició de la paraula ‘violència’«

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